EL TURISMO DE MASAS Y LA MASIFICACIÓN DEL TURISMO ALTERNATIVO

El turismo de masas, esa industria de la que España se ha nutrido abundantemente pues, no en vano, nuestro sector más rentable continua siendo los servicios relacionados con el mismo, ha transformado la sociedad en la misma línea de los artefactos consumistas que nos rodean. Recordando aquellos viajes de románticos, dibujantes y relatores de otras culturas, soñadores de paisajes que materializaban sus ideas en, por ejemplo, las Alpujarras granadinas, o aquellos exploradores que se lanzaran, durante la segunda gran expansión colonialista de las potencias europeas en el siglo XIX, al descubrimiento de África al modo del doctor Livingstone, comprobamos que mucho de aquellos años hay en la fabricación del turismo cultural actualmente.

Porque como nada escapa de las redes de la globalización, de las etiquetas de fabricación, de los estereotipos y de las imágenes artificiales, cualquiera que decida adentrarse en el África profunda o en la India más rural tiene en su mente el ideal de explorador o antropólogo que dedica su vida al estudio de otras culturas. Pero tales viajes ya se inventaron y a menos que nos sintamos Marco Polo, si la industria turística más alternativa —que no deja de ser una visión economicista— pone en la mano de cualquiera a cambio de dos o tres mil euros un viaje exótico, con la posibilidad de seguir los pasos de los grandes descubridores, pero con garantías higiénico-sanitarias, muy pocos se adentran por su cuenta y riesgo en tamaños vergeles.

Pero lo más importante de todo ese turismo exótico y cultural a los niveles de sociedades tribales, comunidades ancladas en modos de vida sostenibles y milenarios, es que incluso la industria del turismo, como nos indica Valcuende del Río, ha preparado esa cultura para la visita de personajes equipados con cámaras fotográficas y cremas antimosquitos, para recibirlos con los brazos extendidos en busca de propinas; tienen la posibilidad de vender su modo de vida, aunque sólo sea para reforzarles las ventajas de sus confortables vidas occidentales. Como no podemos dejar de convenir, no deja de ser lamentable que un grupo de adinerados europeos visiten un poblado rural de alguna región de Indonesia, pongamos por caso, para tomar conciencia de un sistema socio-económico minado por la carestía de medios, pero visto como el ideal bucólico y en este caso tropical. Ellos no sienten estar en un zoológico de seres humanos, sino que están dichosos porque al regreso enseñarán las fotos con niños sonrientes que les ponen al cuello filigranas de flores que ofrecen por unos pocos euros. Luego, en estas zonas colonizadas por los resorts de alto lujo, toman baños en paradisíacas playas que los grandes tour-operadores han comprado a los gobiernos locales, vendiéndoles la papeleta del progreso como única salvación en un mundo sometido a las leyes de la economía de mercado. Este tipo de implantación de los proveedores de servicios turísticos, están en casi todos los países subdesarrollados con exuberantes paisajes costeros, con un denominador común: el único desarrollo sostenible local que observamos es la empleabilidad de unos pocos nativos que hablan inglés, se visten de camareros y sirven cócteles inauditos a los turistas o preparan sus habitaciones con exóticos perfumes y flores. A ninguno se le ha planteado desde las administraciones locales en qué medida están contribuyendo al deterioro del medio ambiente, en qué forma se están alterando las prácticas locales de pesca tradicional, qué parte de los beneficios están redundando en la mejora de las infraestructuras del país o qué implicaciones tiene la privatización de los espacios costeros en cuanto a la flora y la fauna autóctonas.

También asistimos a un proceso de envasado del turismo “mochilero” enfocado a la India y gran parte de los países asiáticos. Si bien hace décadas la única forma de recorrer estos territorios con diez veces más coste de billete de avión que de manutención, hoy los tour-operadores trazan rutas por donde llevan de la mano al afanado turista occidental que desea, ante todo, un acceso a los niveles estéticos del hinduismo o del budismo, lejos, muy lejos de la realidad de sus territorios, para nuevamente contarlo en fotos y argumentos banales en la sociedad moderna donde vive.

Respecto al turismo deportivo relacionado con la naturaleza —esquí, alpinismo, senderismo, rapel, espeleología, etc.— donde el alpinismo cobra el máximo exponente quizá en la relación actividad-geografía, se tienen por ejemplos muy significativos los himalayas entre La India, China y Nepal. El monte Everest, como es sabido el más alto del mundo y por tanto cumbre del alpinismo, hoy está al alcance de casi toda la población, más que por su nivel deportivo por su capacidad económica, pues existen empresas que disponen todo tipo de comodidades al montañista para que, a menos que se presente una tormenta imprevista, haga cumbre, se saque la foto, viva unas semanas en un poblado nepalí como un rey y al regreso a su sociedad occidental sea el centro de atención en reuniones y cenas. La cuestión, a niveles deportivos o alpinísticos, no es ya subir a la montaña, sino batir marcas, como la persona que más veces ha subido, la persona más anciana, la más joven, hacerlo por la ruta más difícil, hacerlo sin oxígeno auxiliar o hacerlo, jocosamente, a la pata coja. En el gobierno nepalí sólo queda un ingreso por derechos de ascensión que supuestamente cubre las tareas de limpieza y adecuación que el turismo, ya de masas también, va ensuciando y alterando, aunque la realidad sea bien diferente. Ante tamaña cosificación del alpinismo en la cordillera del Himalaya ya se han posicionado asociaciones y federaciones de alpinistas, denunciando que la masificación en la zona devendrá en una pérdida de autenticidad de los valores que sustentan el verdadero espíritu del alpinismo.

TURISMO Y POLÍTICA

En todo caso, en los ejemplos propuestos sobre países de carácter exótico para la sociedad occidental, existe al menos una conciencia de otra cultura que es en sí misma el reclamo principal del viaje. Ese puede ser considerado el patrimonio inmaterial que el turista ansía, toda vez que el material también está puesto en valor, objetivamente, en forma de edificios religiosos o civiles, zonas arqueológicas o impresionantes accidentes geográficos. Pero el mayor problema, al parecer, cuando la politización del discurso abriga todo un aparato para generar patrimonio, es la reversión del proceso: esto es, la creación de una idea de patrimonio para justificar una industria del turismo. Quizá no al punto de sacar de la manga, por arte de magia o de política, unos sin iguales hallazgos arqueológicos que deben musealizarse, la creación de un nuevo Centro de Arte Contemporáneo que polarice las visitas a tal ciudad, la puesta en valor tras una innovadora restauración de una catedral gótica, o ensalzar, con la reciente memoria histórica, el lugar de fusilamiento de un regimiento republicano. Más bien la crítica se dirige a la puesta en valor de un determinado elemento patrimonial, cuando existen otros que duermen un letargo infinito por la falta de financiación, en este caso, de interés político.

LA DESVIRTUACIÓN DEL PATRIMONIO

Aunque es evidente que el turismo, como motor de desarrollo económico, permite en muchos casos un mantenimiento, difusión y protección de los elementos patrimoniales, en otros, concursa hacia la destrucción, tanto no física como subjetiva, de los verdaderos valores culturales que subyacen tras el estereotipo. Un ejemplo significativo es el turismo cultural en ciudades históricas. En demasiados casos, un turismo artificial y cultureta que acude masivamente a las ciudades históricas, impulsando una red de establecimientos a su séquito, atomizados por tiendas de souvenirs y restaurantes que toman la vía pública con el contubernio de las administraciones locales, en una relación de causa-efecto, acción-recaudación, sin considerar el eco etnológico e histórico a que se deben sus más antiguos rincones urbanos. Los residentes de estas ciudades históricas y eminentemente turísticas se sienten, sencillamente, evadidos de su propia identidad, cuando les resulta imposible pasear cómodamente por las antiguas plazas y calles del casco antiguo, o cuando asisten estupefactos a la regulación de acceso a espacios tradicional e históricamente públicos, como el caso del Patio de los Naranjos de la catedral sevillana. Porque debemos convenir, también, que hacer dos o tres horas de cola para hacerse una foto en la cúspide de la torre Eifel, en el borde la Fontana di Trevi o esperar seis meses para almorzar en el restaurante Alzak, son signos que evidencian la pérdida del sentido verdadero de la cultura, sea material e inmaterial.

En tal sentido, podemos afirmar que se produce una desvirtuación del elemento cultural, que ha cedido sus formas y contenidos a una industria que persigue la máxima rentabilidad de las inversiones. A tal punto existe el síndrome del turista estresado, cual participante de una gran gincana que consiste en poner el pie y la lente de la cámara fotográfica en una serie de lugares recomendados contenidos en una lista, imprescindibles iconos del patrimonio cultural, sin los que difícilmente tenga sentido invertir el tiempo y el dinero de las vacaciones anuales.

INGENIERIA SOCIAL

Desde que el navegante portugués Vasco de Gama arribara a las costas de Calicut en 1498, hasta el proceso de independencia de acciones parlamentarias iniciado en 1920 y auspiciado por Gandhi, La India ha experimentado diversos procesos de colonización en el escenario protagonizado por los países europeos más desarrollados en la época, entre los que predominó por su duración y repercusión el mantenido por el Imperio Británico. La India es un ejemplo entre otros tantos que hunde las causas del subdesarrollo en la colonización como factor determinante, aunque podemos destacar otros que sinérgicamente contribuyen al establecimiento del llamado Tercer Mundo, término acuñado por el demógrafo francés Alfred Sauvy en 1950 como símil del Tercer Estado utilizado en el siglo XVIII durante la Revolución Francesa. La colonización histórica alcanza el máximo desarrollo entre los siglos XV-XIX, referida al dominio europeo sobre la práctica totalidad del planeta, destacando un sistema económico desigual entre las transacciones de materias primas y productos fabricados, que finalmente en los procesos de descolonización producen países desprovistos de capacidad económica, industrial, tecnológica y financiera.

En los siglos que precedieron a la Revolución Industrial de Europa el sistema productivo agrario y ganadero se mantenía, básicamente, para satisfacer las necesidades de la masa de población, principalmente campesinos, y hacer frente al pago de las recaudaciones por las que eran sometidos. Ya en el siglo XIX, debido a las transformaciones económicas devenidas de la Segunda Revolución Industrial y con la intensificación de los intercambios comerciales, la población comienza a gozar de niveles de vida cada vez más altos en Europa occidental, a la par que en América Latina, Asia y África el nivel decrece. Mientras en Europa las revoluciones sociales conducen a un mejoramiento sustancial en las condiciones de trabajo y de la sanidad, apoyadas por los avances científicos y la capacidad industrial y tecnológica, en Asia se producen grandes modificaciones agrarias: las tierras que antaño habían trabajado los campesinos colectivamente —aunque propiedad del soberano pertenecían de facto a los campesinos por el pago de los impuestos— resultaron en las manos de poderosos aliados de los colonizadores europeos. Al introducirse el sistema de propiedad privada se permitió que una nueva clase de grandes propietarios —terratenientes— acaparase la mayoría de la cosecha de los campesinos, condenados a trabajar unas tierras que desposeían. En otras zonas de África y de Indonesia los campesinos fueron gravados con importantes impuestos y obligados a cultivar productos destinados únicamente a la exportación, en perjuicio de los tradicionales de subsistencia. Este es un cambio muy importante que los británicos introdujeron en La India y que claramente acabaría perjudicando a la población nativa en cuanto a su estructura socio-económica.

Habida cuenta de las profundas diferencias sociales del capitalismo, desde la primera globalización colombina, advertimos que una de las consecuencias más desastrosas del colonialismo imperialista ha sido crear necesidades falsas en los países sometidos, para dar salida a los excedentes productivos y seguir generando riqueza, como forma de totalitarismo económico frente al que poco podía hacer la población subyugada. Por entonces no existían movimientos de alcance internacional en defensa de los pueblos dominados, no había conciencia sobre las consecuencias de trasplantar el modelo consumista, no existía la etnología como forma de preservación de los usos y costumbres locales, como ningún artífice del sometimiento reparaba en las cadenas que asentaban sobre la capacidad de independencia en el futuro para estos países esquilmados. La tecnología y los avances científicos han ido de la mano del poder político para la satisfacción de las clases privilegiadas, imperialistas, colonialistas, en suma totalitarismos del dominio de unos pocos sobre una mayoría explotada, hipotecando el futuro de los pueblos económica y militarmente inferiores, haciéndolos aún hoy dependientes y minusválidos.

Durante el más diabólico invento que ha conocido la historia como el nacionalsocialismo o régimen nazi —sólo igualable a las negras instituciones de la iglesia católica en el pasado y a la esclavitud indígena que auspiciara España en sus siglos de resplandeciente hegemonía mundial—, que permitió que un país hundido por los gravámenes de la Iª Guerra Mundial se descubriera en sólo veinte años como aspirante a potencia económica mundial incontestable, la tecnología y la ciencia volvieron a estar en manos de los verdugos de las clases en riesgo de exclusión, marginación, persecución y genocidio. Hemos visto en el documental sobre la medicina nazi hasta qué punto llegaron los portadores del juramento hipocrático a tergiversar y deformar su deontología profesional por servir al poder. Vaga aportación a este ensayo sería la enumeración de experimentos médicos que se cobraban la vida de los injuriados en los campos de exterminio; nada nuevo serviría en describir los ya conocidos métodos para el asesinato sistemático de seres humanos disminuidos y enfermos, así como la esterilización de los indeseables ante el prisma de visión nazi, en un deplorable proyecto de eugenesia al servicio del devastador Tercer Reich. Toda referencia sería vana para transmitir tamaña crueldad que la tecnología y la ciencia hicieron posible, cuando la ética de sus hacedores quedó aplastada por el credo nazi.

En las clases sobre electricidad impartidas en las escuelas técnicas superiores de ingenieros y en las facultades de medicina, aún hoy, se estudian las reacciones del cuerpo humano cuando se somete a descargas eléctricas que van aumentando en duración e intensidad. Existen rigurosos gráficos que muestran cuál es la respuesta de los sistemas cardiovascular y nervioso cuando una corriente eléctrica atraviesa el cuerpo, dependiendo de su amperaje, voltaje y duración, desde el leve cosquilleo o erizado del vello corporal hasta la muerte por fibrilación ventricular o asfixia por parada respiratoria irreversible. Otros tantos, como quemaduras, tetanización, contracciones musculares, inconsciencia o dificultades respiratorias, que median entre el cosquilleo y la muerte, fueron descritos en estudios alemanes durante el régimen nazi que tuvieron como material de ensayo a judíos y marginados, nuevamente las víctimas del totalitarismo político, social y económico. Las descargas eléctricas que se aplicaban en la silla eléctrica en los países que la emplearon para ejecutar la pena de muerte, basadas en estos estudios, perseguían primero causar la inconsciencia del reo para después aplicar la descarga justa que paralizada el corazón, evitando que el cuerpo ardiese o el condenado sufriera episodios de fibrilación ventricular, quemaduras graves o asfixia. Lamentablemente no siempre pudieron evitarse y existen casos registrados de padecimientos inhumanos debidos a errores en la administración de las descargas, motivo por el que en el año 2008 fue declarada inconstitucional en los EEUU.

Reflexivamente debemos advertir que el cometido de la ciencia y la tecnología al servicio del ser humano para facilitar, mejorar y preservar la vida no siempre fue tal, ni siquiera con los sueños de los grandes científicos cuando pensaban que sus avances acabarían con el hambre, las enfermedades y las desigualdades económicas. Efectos como el cambio climático, los accidentes nucleares en las centrales de generación eléctrica, los efectos secundarios de fármacos insuficientemente estudiados o el sometimiento a la contaminación acústica en las aglomeraciones urbanas, se perfilan como problemas irresolubles cuando enfilamos el siglo XXI siendo herederos de las magnas lecciones de la historia.

PUBLICIDAD Y DOMINACIÓN SIMBÓLICA


Los esfuerzos de los partidos políticos que abogan por medidas en beneficio de los sectores más desfavorecidos, los debates acerca de las formas de ideologías de izquierdas o derechas, el supuesto estado de bienestar de la sociedad, la justicia laboral y, en definitiva, toda idea que intente dirimir las tensiones que impidan el verdadero crecimiento del ser humano, están aplastadas por las estrategias de quienes poseen los bastidores de donde cuelgan los hilos.

Participemos de la idea sobre el objetivo de las empresas capitalistas —no sé si esto es una redundancia— que plantean y exigen sus accionistas: maximizar el beneficio reduciendo los costes hasta los mínimos posibles, e incrementando las ventas hasta donde el mercado pueda absorber. No importa si vendemos efímeros objetos que en realidad nadie necesita; no está en el debate si contaminamos el medio ambiente con su fabricación, mantenimiento y reciclaje; tampoco vamos a analizar si nuestras campañas publicitarias son éticas e incluso legales; igual que la educación social, el respecto por los derechos humanos o las implicaciones sobre las libertades individuales no son nuestro cometido. Debemos hacer todo lo posible por vender cuanto más mejor, abatir las cifras de la competencia, posicionarnos como los líderes del mercado, incrementar los beneficios hasta cifras inauditas y explosivas, crear estilos de vida con nuestros colores y logotipos, debemos formar parte de la vida cotidiana de las personas hasta el punto de disolver el discurso racional, medioambiental, político o ético. Pagaremos cuantiosos incentivos salariales a quienes pongan toda su formación, creatividad e ingenio en hacerlo posible. Contamos contigo, joven entusiasta que deseas triunfar con tu flamante título universitario en ciencias económicas, publicidad y marketing, administración y dirección de empresas, ingeniería industrial, licenciado en derecho… pero antes acepta un consejo primordial en el mundo competitivo en el que ahora ingresas: deja en el archivo los apuntes de filosofía, de ética comercial, de deontología profesional y cuantas ideas tengas al respecto; créenos, esa cosas no sirven para ganar dinero. Si no sirves para esto date la vuelta, porque por menos de lo que te pagamos hay mucha gente interesada en el puesto.

¿Cómo se consigue bajar los costes y aumentar las ventas? En primer lugar bajando la calidad de los materiales hasta los mínimos aceptables por los controles de calidad externos, agotando las cuotas de contaminación legales e incluso falseando los resultados de nuestros residuos, suscribiendo contratos de explotación con comunidades rurales que perderán sus recursos naturales, invirtiendo en espionaje industrial para hacernos con patentes y derechos de fabricación, abriendo talleres en aquéllos países donde menos preciada sea la mano de obra, manteniendo la sede social donde más leve resulte la presión fiscal, y por supuesto, aprovechando cualquier resquicio legal para operar en el límite de los compromisos con trabajadores, concesiones, proveedores y administraciones públicas. En segundo lugar, cuando estamos seguros de haber fabricado por los mínimos costes posibles, vender al máximo precio y acaparar la máxima cuota de mercado. Para vender caro y en mucha cantidad hay que desplegar campañas publicitarias agresivas, hacer creer a nuestros potenciales compradores que no pueden seguir viviendo sin nuestros productos, rechazando cualquier sustituto de otra marca.

La publicidad es un conjunto de estrategias y de técnicas que abundan en todas las disciplinas del conocimiento que han creado las ciencias humanas. Los países occidentales se caracterizan actualmente por la existencia de una imperiosa economía de mercado y por la total libertad de expresión, sólo rebatida en la acertada tesis del estado de derecho que asevera: el derecho de un individuo acaba cuando comienza el de otro, aunque esto sea difícil y lento en su instrumentación jurídica. Esta caracterización implica tres cuestiones que son imprescindibles para el desarrollo del capitalismo empresarial: primero, que existe un mercado libre de trabajo donde quienes sólo disponen de su fuerza de trabajo e intelecto no pueden menos que entregarse a los intereses comerciales de las empresas; segundo, que también existe un mercado de oferentes caracterizado la mayor de las veces por la libre competencia sin mayor regulación que las reglas de la misma —y sobre la libre competencia se cree que es el sistema que garantiza la minimización de los precios de venta al público—; por último, que en una sociedad de libre expresión cualquier empresa, empleando los cauces legalmente establecidos para ello, puede desplegar campañas publicitarias de toda índole, contenido y alcance. Cuestión aparte será la sanción, anulación o detracción que el orden jurídico pueda establecer contra las estrategias que vulneren los derechos humanos o atenten contra la sensibilidad de algunos colectivos. Pero hasta esta forma arriesgada de publicidad obtiene su fin último, como hemos visto, acaparando la opinión pública, abriendo debates sociales donde el protagonista que es la marca comercial sancionada. Incluso en el orden político resulta extremadamente complicado, como hemos visto en España, sentenciar a un determinado partido político por pertenecer a fracciones nacionalistas de carácter terrorista.

El capitalismo es el único sistema socioeconómico, se ha dicho recientemente en bastantes foros mediáticos, que patenta la estabilidad y las mayores cuotas de satisfacción social, toda vez que permite que el antes proletariado ahora pueda formar parte de la cadena consumista, sin sufrir riesgo de exclusión social. Parece, de alguna forma, que si puedes vestir a la moda, comprar los productos alimenticios más sofisticados, conducir un coche y pasar un mes de vacaciones al año en los lugares más solicitados, estás integrado socio-económicamente y puedes ser feliz. Esta es sin duda la mayor mentira que el sistema capitalista ha vendido a las sociedades avanzadas del orden occidental, tendiendo fuertes opacidades sobre los verdaderos intereses capitalistas: la conquista de los mercados y la conducción simbólica de la sociedad, ocultando, como afirma Bordieu, las relaciones de fuerza verdaderas como proceso para enmascarar su dominación.

Las empresas que se benefician de esta simbiosis afirman que el intervencionismo estatal es un atentado contra el conjunto de libertades individuales del ciudadano. Las empresas que desean mantener sus cifras de venta aseguran que la libre competencia garantiza los derechos de los consumidores, porque cualquier empresa acepta que para posicionarse debe incrementar la satisfacción de los clientes. Quienes más saben sobre opinión pública, quienes más han estudiado el comportamiento humano, quienes más invierten en sondeos demoscópicos son precisamente las empresas, que buscan colocar su producto a cualquier riesgo ambiental, ético, legal o deontológico.

La crisis económica que atravesamos, un embate más duro que los habituales ciclos de prosperidad capitalistas, nos permite que un grueso de la sociedad recapacite y despierte de la anestesia del consumismo. Pasar de una sociedad del TENER a una sociedad del SER, debería ser la recompensa que nos depare atravesar tan aciagos tiempos.

A VUELTAS CON LA CRISIS

Con los pésimos tiempos que corren y los aún peores augurios es momento de salir al extranjero, desgraciadamente, como casi única opción de progresar profesionalmente y en otros casos como medida de subsistencia. Recientemente me siento fatalmente engañado por el sistema político que nos rodea, decepcionado, desilusionado; cómo es posible, me pregunto, que hayamos llegado a estos extremos; cómo van fallando uno tras otro los sistemas de garantía social; cómo miras alrededor y encuentras cada vez más casos de desempleo y de necesidad. Personalmente, al margen de la experiencia turística o existencialista, no me seduce la idea de salir a buscarme la vida por Alemania, Reino Unido o algunos países del norte europeo, donde parece asegurarse la empleabilidad. No me apetece cambiar mi idiosincrasia para sintonizar con una sociedad que desconozco porque la realidad dice que se acabó el pan para todos, no me apetece dedicar diez o doce horas de cada uno de mis días para trabajar, salir de mi micro-apartamento o piso compartido antes del amanecer para regresar mucho después del atardecer, no me apetece pasar frío y no ver apenas el sol, no me apetece que me miren mal cuando no pronuncio correctísimamente en otro idioma, no me apetece hacer un grande esfuerzo por congraciar con nadie para ganarme la vida, no soporto los tópicos sobre los españoles allende nuestras fronteras y por encima de todo, no me apetece vivir para trabajar. Quizá veáis un episodio nacionalista o una peligrosa limitación en mi pensamiento, pero creo que el proyecto grandilocuente de la Europa como potencia económica mundial, con el mercado único, con la moneda única y las políticas comunitarias ha fracasado estrepitosamente. No, no me siento más europeo que español y lamento ver cómo mi país, que hizo un sobrehumano esfuerzo por salir de la guerra civil y del franquismo tras un siglo XX lleno de penurias, cuando ya terminábamos de estrenar ampliamente la flamante democracia, tengamos que enfilar el siglo siguiente en semejantes circunstancias laborales. Lo que sucedió en Alemania para superar la crítica situación tras la Iª Guerra Mundial fue el más diabólico invento del ser humano, que permitió una segunda conflagración aún más cruenta y castigadora para la nación alemana, de la que hoy no quedan restos; ¿cómo consiguieron ellos, en menos años de los que duró el franquismo, salir dos veces de mayores crisis posbélicas y nosotros aún estamos así?

Cada vez hay menos distancia entre las historias de pesadumbre y tragedias que contaban nuestros abuelos, los hijos de la España dividida y herida letalmente, con las noticias que asistimos diariamente. Una población que sufrió los agujeros irreparables de la guerra, los punzantes impulsos del hambre y el frío para sobrevivir por encima del imposible, que disminuyó la estatura y complexión medias por las escasas condiciones de vida, que soportó la represión política y la privación de libertades durante el franquismo, cuando ya en los años del desarrollismo nos habían colgado la mayoría de las etiquetas que aún arrastramos, que cerró el milenio mirando con orgullo al mundo que había fuera y que ahora se avergüenza de mirar hacia adentro. 

Es una miseria sin precedentes que personas sobradamente preparadas, con títulos universitarios, con 10 años de experiencia profesional, serias y comprometidas, con grandes valores resolutivos, tengamos que mirar al extranjero para continuar viviendo, pasando como es lógico un primer año rascando chicles de los mugrientos suelos en los restaurantes británicos o alemanes. Nuestros abuelos emigrantes no habían podido invertir ni un sólo segundo en la educación superior, cuando en el peor de los casos eran analfabetos. Iban con una mano delante y otra atrás a recoger la uva de los franceses, a cargar cajas en camiones en Alemania o a limpiar bosques. Hay jóvenes que se jactan de irse a trabajar a Londres, Berlín, Munich, París, etc., pero carecen del más mínimo sentido común por indagar sobre el origen de todo esto. Deberían quitar las escuelas de ingeniería en España, porque puestos a pensar, si los ingenieros deben irse a trabajar a Alemania, más vale estudiar allí mismo desde un principio. Los arquitectos españoles, ante la crisis de la profesión, animan a los jóvenes recién egresados del mundo académico a salir al extranjero a buscar trabajo. Pienso que una cosa es hacer un viaje de estudios para aprender inglés o estar trabajando un año en un estudio de prestigio como becario para tomar experiencia y perspectiva internacional, y otra bien distinta es abandonar tu país, tu familia, tus amigos, tu modo de vida y tus costumbres para instalarte indefinidamente en otro país para buscar las habichuelas. Eso a los 25 años puede resultar divertido, pero a partir de los 35 años es una putada, a menos que te sientas Marco Polo. 

Debemos pensar en cómo se sentían los poetas e intelectuales españoles, chilenos, argentinos, uruguayos, mexicanos, cuando por motivo de las dictaduras fueron exiliados; reparar en el profundo desarraigo de Cernuda en Londres, Cortázar en París o Buñuel en México, sufridores letales de melancolía por sus países natales, impotentes, cuando ya sólo les quedaba la palabra para condenar una situación por la que un hombre debe abandonar su vida y reinventarse con otra nacionalidad en el ecuador de su vida. Al menos ellos estaban intelectualmente reconocidos en los países de asilo, pero los abuelos españoles víctimas del franquismo y de la guerra civil padecieron la ridiculización de los patronos y capataces que doblaban sus lomos por la santa productividad. No puedo imaginarme cuánto suspirarían por regresar a España. 

España debería ser lo suficientemente grande y rica para satisfacer al pasante de abogacía, al mozo de almacén, al aprendiz de sastre, al interno de medicina, al estudiante de MBA para despuntar en las multinacionales, al estudiante que trabaja en el estudio de arquitectura o al doctorado que investiga en los laboratorios de biología y medicina. Los que hemos sacrificado muchos años en la universidad no merecemos esta situación. Por eso es lamentable que incluso desde el gobierno de Zapatero se instara a la movilidad laboral de los jóvenes hacia Alemania. Ya no tengo veinte años para dejarme engañar por el proyecto europeo. Quedo profundamente decepcionado cada día que amanece por la situación que vivimos.

AMOR, AMOR, AMOR

Y es que el amor es esa infame y narcótica experiencia que por un espacio indefinido nos obnubila, exacerbante e irremediable, que puede variar el rumbo de la vida hacia cartas insospechables. Una vez leí que estar enamorado debería ser causa de baja laboral temporal, pues el estado es tal que nos impide desempeñar cualquier tarea con mediana eficacia. Para dos cosas no parece estar preparado el ser humano, para la muerte y para el amor, cada vez menos para el último y más anestesiado para el primero. La plenitud del sentimiento se asemeja a una esfera en su perfecta geometría, el lugar geométrico de los puntos en el espacio que equidistan una constante llamada RADIO respecto un punto llamado CENTRO, a la manera de el lugar de las emociones que equidistan una constante llamada EQUILIBRIO respecto a un punto llamado EGO. En el doble sentido eterno de las cosas que el ser humano culturiza, en las oscuras aguas pantanosas que de repente se renuevan con un caudal salvaje de aguas nuevas de Mayo, en el descuido que las frugales apariencias nos revela, ahí, en el significado reaprendido, recordemos que el hombre es débil en el verso y éste en la palabra.

EL JUEVES EN SEVILLA

Considerado el más antiguo mercadillo al aire libre de la ciudad de Sevilla, celebrado desde la reconquista cristiana por el rey Fernando III en el siglo XIII, por extensión histórica incluido en las picarescas crónicas de la cervantina novela Rinconete y Cortadillo, El Jueves es, actualmente y ajeno a su devenir secular, todo un evento de dispares extensiones e implicaciones sociales.

En sus innumerables puestos podemos encontrar cualquier cosa, más allá del tópico, de cualquier tiempo y espacio remotos, surgida de donde nadie podría seguir el rastro y hoy puesta en las enésimas manos que la poseen. Antigüedades, herramientas, libros de viejo, revistas y tebeos inverosímiles, recambios de estufas o componentes de los primeros ordenadores personales, zapatos y vestidos, pegatinas despegadas que vuelven a la venta, alfombras, máscaras africanas, lámparas de lágrimas llenas de polvo, tapones para fregaderos, teléfonos a cuerda, vajillas arabescas, muñecas de aspecto diabólico y medio desnudas, sillas de enea y hasta una cabra si al circense ambulante le pusieran la suficiente suma en la mano.

Todas con una característica común: de segunda mano, de ocasión, sin precio definido para el placer del regateo, sin limpiar y llevando aún los restos de yeso, papel o pintura de los espacios que alguna vez ocuparon. Cosas inservibles para siempre, inútiles objetos que el mismo día acaban en la basura porque nadie reparó en ellos, o el eternamente perseguido interruptor de un modelo antiguo de batidora sin el que la misma hubiese acabado, quien sabe, sobre una manta en el mercadillo de El Jueves.

Los días del mismo nombre, se aglomeran en la estrechez de la calle Feria gentes de toda índole social, intelectual y religiosa, unos sorprendidos al ligero ritmo de sus pasos hacia más urgentes destinos, otros buscadores de oportunidades domésticas, otros maniáticos de las antiguallas que ya no saben dónde guardar más trastos, y también ancianos que rastrean algún material eléctrico para reparar la por siempre averiada lámpara de la salita, “bricoladores” éstos que desconocen las ofertas del mago merlín y el infinito artefacto de los grandes almacenes para los aficionados profesionales. De lo más castizo del barrio hasta los sectores alternativos que compran ropa de segunda mano de estilo norteamericano; del marginal vecino alcohólico que recita poemas en la Plaza de Montesión pasadas las doce del medio día, hasta el nuevo residente empleado de alto staff en una multinacional de éxito. Esta es la variopinta composición social que acude intencionalmente o pasa de largo los jueves por la calle Feria.

Sin duda, el dinamismo económico que permite este mercadillo a los establecimientos permanentes de la zona supone una de las justificaciones de su celebración, en una sin igual simbiosis comercial con aquellos que libremente, sin compromiso de permanencia ni normas de instalación, aparecen y desaparecen en improvisados puestos de venta y en manifiesta pero admisible economía sumergida.

El aroma marginal que destilan algunos vendedores no siempre fue tan cariñosamente considerado, sobre todo en los años del llamado abandono del casco histórico, cuando las quejas vecinales abundaban entre sus perseguidores afectados de competencia desleal, de contaminación acústica y hasta atmosférica, conductores trastocados por el corte del tráfico o personajes aburridos que nada mejor tenían por hacer, en contra de un aparentemente sinsentido mercadillo que abrigaba a carteristas, embaucadores y yonquis del temido caballo ochentero.

Desde el año 2005 la iniciativa Intervenciones en Jueves ha venido desarrollando todo tipo de actividades de índole artística, cultural y social relacionada íntimamente con el mercadillo, proyectadas al colectivo vecinal, comercial y artesanal que está implícito e implicado en el mismo. Discursos de todo tipo, ideología, estética, objeto y fundamento tuvieron cabida en las Jornadas de Intervención Artística y Multidisciplinar que aprovechó la coincidencia en 2005 del día 22 de Diciembre en jueves —por la celebración del fantasioso sorteo de la Lotería de Navidad— incluidas en la publicación que editó el Distrito Casco Antiguo mediante la colaboración de la “Oficina de Rehabilitación de la zona de Alameda, San Luis, San Julián”.

Intenciones de recuperación, consolidación y preservación de estos barrios históricos que lamentablemente no alcanzaron los objetivos previstos por la falta de financiación autonómica, dentro de un convenio de colaboración con la administración local que abocó sus manifiestos en el olvido colectivo, y que para funesto mayor llegaron tarde, cuando los especuladores habían causado demasiado daño. Por lo expuesto, el mercadillo ambulante de El Jueves por las actividades de interés etnológico descritas, enfocadas a la preservación del micro-comercio itinerante, la dinamización económica de los establecimientos de la calle Feria y alrededores, la asistencia comercial a los residentes y por la consideración histórica y antropológica que atesora desde hace casi ocho siglos, debería considerarse actividad de interés etnológico.

REFLEXIONES SOBRE LA CIUDAD

La complejísima realidad urbanística de cualquier ciudad exige que actualmente no pueda entenderse sin el concurso de la arquitectura, la ingeniería, la geografía, la ecología, la sociología, la antropología, la literatura, el arte, la historia y hasta la expresión musical. La evolución de las ciudades en sus extensiones materiales y humanas ha generado diferentes realidades que no se muestran claramente, habiendo transformado profundamente las relaciones sociales, los sistemas de asistencia pública, los procesos de crecimiento demográfico y por tanto territorial, sin olvidar el cambio de valoración de la vida urbana frente a la calidad del aire de sus espacios.

Abundamos en varias definiciones de ciudad, de realidad pasada y de tangible sustancia coetánea, desde la demografía en cuanto a la consideración de núcleo urbano hasta definiciones obtenidas de la filosofía desde las polis en la Grecia antigua. Diferentes autores que han estudiado la realidad urbanística desde varios prismas ofrecen otras, que aspiran a cerrar en una sola un ente orgánico y harto intrincado en su manejo, como Chueca[1] al considerar que “la ciudad es una aglomeración humana fundada en un solar convertido en patria y cuyas estructuras internas y externas se constituyen y desarrollan por obra de la historia, para satisfacer y expresar las aspiraciones de la vida colectiva, no sólo la que en ellas transcurre, sino la de la humanidad en general”. En nuestro referente lingüístico de la RAE encontramos en la primera acepción que la ciudad es un “conjunto de edificios y calle, regidos por un ayuntamiento, cuya población densa y numerosa se dedica por lo común a actividades no agrícolas”. Observamos que existen dos puntos de intersección en las definiciones, tales como aglomeración o población densa y numerosa, así como vida colectiva o regencia gubernativa de un ayuntamiento.

Pero la concepción metafísica de la ciudad exige un esfuerzo de abstracción por encima de las capas que la envuelven. Sólo en la literatura, quizá, podamos encontrar referentes de esta índole; en la memoria colectiva están las líricas descripciones de ciudades que han enlazado su nombre al escritor que las profesó. Resulta inexcusable leer a Joyce para retirar los mantos empapados de lluvia que cubren la ciudad de Dublín; poco podríamos comprender sobre la puerta del Nuevo Mundo abierta en Sevilla sin la novela picaresca de Cervantes, quien regaló al mundo insuperables descripciones de la simbiosis entre sus moradores y los rincones que ofrecían sus calles invisibles en su modernidad atropellada; como en el plano del realismo mágico son inevitables las referencias a Macondo que García Márquez hiciera en Cien años de soledad, como nacimiento y crecimiento de una ciudad imaginada.

La ciudad es una esfera de nebulosos límites que concentra todo cuanto el ser humano crea, imbuido de sí mismo, que marca bajo la altura de las cubiertas de sus edificios una indecisa y cambiante línea, más allá de la propia dimensión geográfica, del alcance de cualquier mirada y de los medios de transporte; un trampantojo que confirma los límites de la tierra que pisamos. Así, como en la inconmensurable trascendencia humana, el hombre crea todo cuanto desconoce y el instinto le adivina, recordando a Whitman cuando afirma que “nada que se refiere al hombre le es ajeno”, citado en la obra de Chueca[2], o al recalcar éste último sobre las ciudades que “son ellas las que viven y respiran", donde enlazamos con abismal cerco temporal y cultural que “la ciudad nunca duerme” en los manifiestos de los contemporáneos rapsodas Violadores del Verso[3]. Cuando en la madrugada se halla un espacio vacío de la presencia humana, bajo la oscuridad latente, aún podemos observar los semáforos que alternan sus colores para un tráfico ausente, perpetuando su aspiración automática más allá de la presencia humana.

Nos aproximamos a la ambivalencia ciudadana en los ámbitos públicos y privados, cuando la morfología urbana que nos revelan sus planos explica del devenir de civilizaciones, sus imbricaciones sobre las anteriores y los reductos que aún se manifiestan en ciudades tan interesantes desde su mestizaje como Córdoba, Sevilla o Granada. Si bien aceptamos desde la tesis de Chueca que la ciudad doméstica, de fachadas hacia adentro, es el modelo anglosajón, en cuya contraposición antes encontramos la ciudad pública o civil heredada de la cultura mediterránea, donde la vida se realiza de fachadas hacia afuera, se nos ofrece la concepción musulmana como término medio, desde la privacidad celosamente guardada de los harenes hasta la efervescente vida pública de los zocos y los patios de las mezquitas. Sin embargo, cuando observa Chueca en la civilización musulmana: “…por pertenecer a una sociedad más primitiva e imperfecta, donde no se encuentra desarrollada la noción abstracta del bien común[4]”, al modo de interpretar las dotaciones infraestructurales de las ciudades, hemos de objetar que “cuando en la ciudad árabe de Córdoba había dos millas de alumbrado por las calles, Londres era un villorrio[5]”, durante el apogeo del Califato Omeya de Córdoba a finales del siglo X. Pero no debemos olvidar que las aspiraciones estéticas y espirituales de las civilizaciones musulmanas poco tenían en común con los trazados racionales de las polis en la Grecia antigua o la rigurosa ingeniería civil de las ciudades romanas.

Insinuamos matices que jamás acabarían de engranarse en la historia de las ciudades y en las ciudades históricas; avancemos y enfrentemos los retos y aspiraciones de las ciudades cuando caminamos tortuosamente por la segunda década del siglo XXI. Términos como guetos, conurbaciones, áreas metropolitanas, dotaciones, calidad del aire, mercado inmobiliario, tienen demasiados reflejos en otros como marginación, aislamiento, desarraigo, contaminación atmosférica, ruidos, tráfico intenso, incomunicación, desabastecimiento y especulación. Si observamos los magistrales esquemas-síntesis de tipologías de ciudades de Raymond Ghirardi y de Yves Lacoste[6], podremos advertir cómo crecen las aglomeraciones urbanas mediante un proceso orgánico muy similar a las neoplasias biológicas y a las metástasis, como apuntó José Manuel Naredo[7]. En los llamados países desarrollados[8] se evidencia que tras la superación de los antiguos problemas de hacinamiento devenidos del abandono del medio rural hacia el desarrollo de la primera y segunda revoluciones industriales, actualmente la inmigración de países asiáticos, africanos y latinoamericanos, pueden evidenciar el retorno de los arrabales y barrios del siglo XIX —hoy tomados como zonas cotizadas anexas al núcleo central y antiguo— para los regímenes de alquiler colectivo y deplorable de la población emergente. En el esquema de la ciudad del tercer mundo el crecimiento incontrolado e improvisado se produce en las pseudoaldeas en el sur y centro de África, los barrios de chabolas en el norte, las favelas de Brasil, las barriadas de Perú, los tugurios de Bogotá o los ranchos de Caracas. Diferentes nombres para una misma realidad en ciudades de todo el mundo: el entorno urbano es superado por el aumento poblacional y las dotaciones e infraestructuras resultan perpetuamente insuficientes para las demandas asistenciales. Los llamados soportes fundamentales del estado de bienestar —educación y sanidad— no alcanzan los mínimos de satisfacción debido a la carestía de medios; los transportes públicos no desplazan al vehículo privado por la falta de competitividad; las emisiones atmosféricas en forma de sustancias nocivas y ruidos escapa indefectiblemente del control de las administraciones que consideran el cumplimiento de la normativa ambiental una quimera legal; la ocupación de los barrios por las diferentes capacidades adquisitivas —antes llamadas clases sociales, hoy políticamente incorrectas— se organizan como un sinérgico mecano desde los centros históricos hacia los barrios marginales, quedando los últimos por siempre defenestrados de la ciudad.

Las conurbaciones y áreas metropolitanas, dentro de inexplicables planes de desarrollo urbano que priman la construcción de campos de golf donde quizá debieran existir bosques autóctonos sostenibles, han desplegado una red de vías de tráfico rodado saturadas, oscurecidas por los motores de envenenamiento externo y de localidades desposeídas de su patrimonio etnológico. La dictadura de las grandes superficies comerciales ha desplazado al pequeño comercio de barrio, donde los hábitos de compra han pasado del trato vecinal a la infranqueable operación bancaria de pago retardado. Las calles primigenias de las ciudades, si antes deleitosas al paseo y la contemplación, hoy tornan a una suerte de confrontación entre vehículos y peatones, al que se suman los ciclistas en las urbes españolas abogando por una movilidad sostenible. Las grandes operaciones inmobiliarias han desplazado la población autóctona y anciana de los cascos históricos a barrios periféricos, donde el desarraigo y la imposible adaptación al mundo vecinal invisible, mudo e indolente, hunde sus últimos años de vida hacia un túnel con número, piso y letra de gobierno. El turismo artificial y cultureta que acude masivamente a las ciudades históricas ha impulsado una red de establecimientos a su séquito, atomizados por tiendas de souvenirs y restaurantes que toman la vía pública con el contubernio de las administraciones locales, en una relación de causa-efecto, acción-recaudación, sin considerar el eco etnológico e histórico a que se deben sus más antiguos rincones urbanos[9].

Quizá los grandes retos de las ciudades sean la dignificación de la sociedad, la racionalización de los medios de transporte, la minimización de los costes públicos en aras de una maximización de la calidad de los servicios, el incremento de los niveles de satisfacción humana, el acercamiento de las ciudades al medio rural y de éste al medio urbano para naturalización del primero y asistencia del otro. Todo un infinito de idearios que bien se resumen en los conceptos de calidad total según Taguchi[10], de los que extrapolamos para los retos de las ciudades del siglo XXI que la satisfacción máxima se alcanza cuando la suma total de los beneficios sociales en términos de pérdidas y ganancias de los diferentes agentes —ciudadanos, administraciones, asociaciones y empresas— resulta también máxima.


[1] Chueca Goitia, Fernando · Breve historia del urbanismo · Alianza Editorial · Madrid, 2011 · Pág. 52
[2] Ibídem, Pág. 10
[3] Doble V, Violadores del Verso · Vicios y virtudes (LP) · Zaragoza, 2001
[4] Ibídem, Pág. 19
[5] Como explica el príncipe Faysal al teniente Lawrence en el famoso film de David Lean, cita que independientemente de su origen cinematográfico y por tanto ajeno a la historiografía, define acertadamente la concepción de ciudad musulmana durante el dominio peninsular.
[6] Lacoste, Yves · Ghirardi, Raymond · Geografía General, Física y Humana · Editorial Oikos-Tau · Barcelona, 1983 · Pág. 168-183
[7] Naredo, José Manuel · Ciudades y crisis de civilización · Boletín CF+S · Madrid, 2000
[8] La diferenciación actual sobre países desarrollados dista de los primeros estudios que consideraban el Tercer Mundo, término acuñado por el demógrafo Alfred Sauvy en 1950 como símil del Tercer Estado, como aquellos que carecían de un nivel de desarrollo económico suficiente al modo de los países industrializados del mundo occidental. Actualmente países como Brasil o La India han superado estos límites, pasando de países en vías de desarrollo a economías emergentes. Además, valores como la renta per cápita han quedado obsoletos frente a la definición de países subdesarrollados, tomándose en consideración el Índice de Desarrollo Humano que evalúa otras variables como el nivel educativo o la calidad de vida de sus habitantes.
[9] A este respecto véase ejemplo en Sevilla, en el artículo suscrito por Margot Molina entrevistando al arquitecto Guillermo Vázquez Consuegra, publicado en El País el 30-11-2008
[10] Ingeniero industrial japonés que ha desarrollado amplias teorías sobre la dignificación de la producción y la satisfacción del cliente, a nuestro modo, satisfacción del ciudadano.
Véase sucinta biografía en http://www.mitecnologico.com/Main/FilosofiaDeGenichiTaguchi

EN LA CUMBRE

El horizonte, sobre el océano e imbuido de sí mismo, marca bajo la altura la indecisa línea de la vida, más allá de la propia dimensión geográfica, del alcance de cualquier mirada y de los medios de transporte; una imagen rectilínea que confirma los límites de la tierra que pisamos. Así, como en la inconmensurable trascendencia humana, el hombre crea todo cuanto desconoce y el instinto adivina.

DESEANDO AMAR · Wong Kar-Wai · 2000

Los personajes se mueven en las opacidades de la cultura asiática de mediados del siglo pasado, fugaces y taimados en sus relaciones humanas, en constante búsqueda de la intimidad con el ser amado que es bloqueada perpetuamente con las miradas ajenas, el miedo y la falsa moral que padecen.




MARK ROTHKO (1903-1970)

La espiritualidad de las obras clásicas de Rothko durante los años 50 había sufrido anteriormente una larga evolución para llegar a la no-forma: un fondo monocromo sobre el que flotan áreas rectangulares de colores simbólicos creando tensión entre ellos. Cuadros de una belleza basada en la abstracción de tono lírico, alejada de lo representacional, que nos abruman con su significado y evocan emociones soterradas en lo más profundo. El espectador se diluye en grandes campos de color que conducen a la esfera interior, al cosmos y a la nada. Ocres, rojos y negros enfrentan al espectador a sí mismo, le sumen en un estado de contemplación hasta el abismo del vacío y de vuelta a la existencia. Fueron el Expresionismo y el Surrealismo los que llevaron a Rothko a sus Colour-Field Paintings. La progresiva simplificación de las imágenes para definir una experiencia mística a partir de colores de gran intensidad y la ausencia de referencias -o quizá referencias a la ausencia- envuelve al espectador abrumado por tanto peso, la ambientación poética que destila la materia de sus cuadros nos pierde en otra dimensión metafísica. Colores expansivos que agotan la mente para dejarla libre de convencionalismos y llegar sin intermediarios a la contemplación espiritual. Una de las preocupaciones fundamentales de Rothko sería la relación entre obra y espectador; el observador debía verse envuelto por la ambientación para alcanzar toda la inmensidad que él ofrece con sus sugerencias sensitivas. De esta evolución artística surgen las series de los Sectionals, que completa sus implicaciones con los encargos recibidos durante los años cincuenta, los Murals para el Seagram Building, la Universidad de Harvard y especialmente en la Capilla encargada por John y Dominique de Menil para la Universidad Saint Thomas en Houston. En los murales Rothko añade el concepto espacial a sus obras, logrando si cabe una mayor intimidad con el espectador que ya resulta literalmente absorbido por su creación, trasladado irrevocablemente a su dimensión etérea. La capilla Rothko en Houston encierra connotaciones especiales en ese sentido; esta obra, considerada por muchos autores testamento del pintor, presenta todas sus aspiraciones míticas expresadas desde lo que algunos han llamado "Poemas de la Noche". Carne, huesos y vulnerabilidad al dolor terminaron en suicidio en el año 1970.

CABOS DE PORTUGAL EN REFLEXIÓN Al FINAL DEL MUNDO

Hasta las aventuras transoceánicas de los navegantes portugueses la idea del "cabo del fin del mundo" era sin duda una realidad tangible de sus coetáneos. Recorrer el "Parque Natural do Sudoeste Alentejano e Costa Vicentina" es imbuirse en un mundo confiscado por el tiempo, que ha pervivido indemne al acontecer humano, donde las mismas imágenes de hace más de quinientos años hoy siguen ofreciéndose a la mirada que busca más allá del horizonte visual. Los cabos de Portugal nos engrandecen y a la par nos empequeñecen; ante la magnificencia de sus paisajes aún vírgenes, la sobrecogedora escala de sus paredes, los incontestables acantilados esculpidos durante milenios por la tenacidad del viento y la constancia del agua, las carreteras trazadas libremente en moto atravesando bosques de pinos y eucaliptos, fragantes y casi estresantes en su melancólica belleza. Permaneciendo un espacio intangible de tiempo sentado al borde de un precipicio sobre la inconmensurable dimensión oceánica, sobre la misma tierra desprovista ya de toda vegetación por el azote impertérrito del viento, como si ella misma quisiera liberarse de toda vestidura antes de entregarse definitivamente al mar, así me abandoné a la ausencia del yo anterior y arrojé, para su absoluta destrucción, todo el odio y rencor que sobre el mundo había cargado, como una maligna neoplasia que al momento yo mismo cercenara.

Costa de Zambujeira do Mar · Portugal · Océano Atlántico

Costa de Sagres · Portugal · Océano Atlántico

Cabo Espichel · Portugal · Océano Atlántico

FRENTE AL OCÉANO

Aquél era sin duda el lugar último que mis pasos habían buscado durante décadas. Era el espacio imaginado, contenía los colores soñados, los aromas idealizados que alguna vez descubría y guardaba en el frasco del recuerdo, como si esperase encontrarlos reunidos en algún momento y lugar de mi vida. Allí estaban todos y ello suponía que mi camino hallaba por fin, o por algunos años, el descanso merecido de esta inquieta sesera. Cuántas tardes iba a la terraza del embarcadero, abierta perpetuamente al horizonte oceánico, donde las horas pasaban lentas y delicadas, donde yo podía saborear cada instante inexorable y sentía como mis pulmones se llenaban de los aromas perseguidos. El fascinante espectáculo del ocaso me elevaba sobre la línea y a veces creía estar fuera del mundo. Los ruidos que llegaban de la Avenida de la Costa se difuminaban en una nebulosa blanca de sonidos apagados, las luces de los barcos se fundían en el derrame fulgurante del sol, y cuando la luna cobraba el relevo luminoso, sus etéreas resistencias se calmaban en otra noche de sonambulismo. Alguna voz a veces me sacaba bruscamente de aquel reducto donde sólo yo podía existir.

- Señor, vamos a cerrar la terraza.
- Lo siento, no sabía que me había quedado aquí solo.
- Puede acabar su copa dentro si lo prefiere.
- No importa... Sabe qué es lo realmente único de este lugar?
- No señor, no sabría decirle.
- Que cada atardecer es diferente desde este mismo lugar, aunque en el resto de esta costa se repitan ritualmente los colores, los aromas, las personas, los sonidos, todo es igual en todas partes menos en esta terraza.

Costa de Saint Denis · Íll de la Réunion · Océano Índico

Costa de Saint Pierre · Íll de la Réunion · Océano Índico